En un despertar dormido
Amo la gravedad de los silencios.
Esas reválidas, así aprobadas,
entre posos del café recién molido.
El hambre de luz que no hay quien
sacie,
en las insomnes noches sin visillos.
Me subyuga la sed por otros labios.
La dulce tentación de pies descalzos,
tras un amor pasado y derretido.
Las notas de la noche en los pianos,
y sus sones, nutriendo mis latidos.
Para vivir hay que seguir latiendo
Voy recorriendo
mares por la página,
desplazando espacios
entre olas de espuma.
Voy provocando
que los fonemas vuelvan el rostro,
se atornillen a mi lápiz,
se estremezcan con mi tinta,
y se dejen dibujar,
como amapolas de un prado.
Rebosantes de luz y rojo.
Saciadoras de luz y espacio.
Dejo que las frases se acomoden,
se organicen, se apiñen en mi boca,
para dejarlas en un papel
en mis madrugadas locas.
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